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Sexo en la oficina: ventajas y desventajas de mantener relaciones en el trabajo

Un encuentro erótico con ese compañero/a puede ser una gran experiencia, pero ten en cuenta lo siguiente.
Mantener relaciones sexuales o incluso románticas con un/a compañero/a del trabajo tiene riesgos, pero también ventajas. | Imagen de: Pexels.

 

Si algo debemos agradecerle al refranero popular español, son sus sabios consejos sobre lo que es mejor hacer y no hacer en determinadas situaciones. Lo de “donde tengas la olla, no metas la p***a”, no es un dicho aleatorio. Sin embargo, como nos gusta jugar con fuego y amamos el riesgo más que un tonto a un lápiz (por no mencionar la capacidad del ser humano de estar siempre tropezando con todo tipo de piedras), los hay que van a lo suyo sin ningún tipo de miramientos.

Una de las fantasías sexuales por excelencia es la de tener un apasionado encuentro con alguien de nuestro trabajo; un calentón repentino que debe apagarse de una única forma: teniendo sexo desenfadado sin que nadie se entere. Compañeros del mismo, rango, responsables o jefes, nadie está exento de estos sueños húmedos.

Sexo en el trabajo, ¿sí o no?

Estar en una sociedad en la que aún no sabemos bien si vivimos para trabajar o trabajamos para vivir, ya que pasamos más parte del día en el trabajo que en nuestra propia casa, puede tener su punto favorable.

Aunque parezca extraño, liarse con un teammate ocurre más de lo que uno se piensa. Las cenas de empresa, las conversaciones durante las pausas, el intercambio de números de teléfono “por si hay alguna cosa”... Con cualquier excusa se pueden entablar relaciones que desemboquen en un rollete esporádico.

Ahora bien, ¿qué puntos positivos y negativos hay a la hora de embarcarse en una aventura así? Vamos a ello:

A favor: “sexo y nada más”

Hay gente especialmente hábil cuando se trata de dejar los sentimientos a un lado a la hora de tener sexo. Gracias a esta capacidad de saber separar el placer de algo más profundo, pueden gozar de un rato de diversión sin pretensiones, en el cual no se implicarán demasiado emocionalmente.

Puede que para este tipo de personas más “frías”, fornicar o magrearse encima de la mesa de la oficina con alguien a quien ven a diario, no les suponga ningún suplicio si un día se les acaba el chollo; y pueden mantener el mismo buen rollo que había antes de que ocurriera nada. Bravo si es así.

En contra: “no hay que mezclar”

Por contra, hay gente que es de la opinión de “no mezclar churras con merinas”. Vamos, que el ocio es mejor no incluirlo en el trabajo. No importa lo mucho que nos atraiga esa persona, ni lo mucho que fantaseemos con gozar de un arrebato de promiscuidad: las braguetas no se bajan cuando estamos trabajando (a menos que sea para relajar esfínteres en el baño).

Y es que a muchos les desconcertaría que un superior les estuviera abroncando, o que se estuvieran discutiendo con su vecino de mesa sobre quién tiene la culpa de la última pifia, para que al rato tuvieran a esa persona con su lengua metida hasta la glotis... O a saber el qué y por dónde.

El sexo en el trabajo puede tener su punto...

Tener una aventura con alguien de nuestra oficina puede repercutir favorablemente en nuestra motivación para acudir cada día con una sonrisa y dar lo mejor de nosotros cuando se trate de sacar el mayor partido a nuestra productividad. Al fin y al cabo, desatar nuestros instintos más primarios nos hace estar eufóricos y llenos de energía.

...pero cuidado con quién

Aunque somos partidarios de disfrutar del sexo CON CABEZA, no hay que obviar dónde estamos. Las consecuencias de un lío con alguien de rango superior pueden no ser del agrado de uno si la cosa no sale del todo bien. Un despido improcedente, una bronca sin venir a cuento, que vuelque sus iras contra la persona con la que tuvo el romance...El riesgo es elevado. Aunque con lo miserable y oportunista que es alguna gente, tretas como calentar al jefe, pueden significar su única vía de ascenso garantizado.

De acuerdo, supongamos que no, que quien nos gusta es alguien de nuestro mismo departamento o escalón. Si no tenéis por qué compartir espacio, el riesgo de malentendidos o problemas se reduce (cuidado si os dejáis de ver y luego tienes que tomar el ascensor, eso sí). Pero, como todo cuento tiene su final, si llega el momento en que dejáis de intercambiar fluidos, es mejor que haya el máximo espacio o elementos físicos entre lo dos. De esta forma, únicamente tendréis que establecer el contacto mínimo estrictamente necesario.

Y es que por cosas así, decíamos antes que tal vez aquellas personas menos dependientes emocionales sean las adecuadas para este tipo de aventuras sexuales.Tener sexo eventual con alguien de la oficina no les supondría (en principio) demasiado dolor de cabeza, en caso de estar en un mismo espacio con ese alguien. De esta forma, sería perfectamente posible lograr un clima de paz en el trabajo sin que eso afectase a su capacidad de concentración.

Que el sexo está muy bien, no lo negamos, pero conviene saber dónde se está metiendo uno (literal y simbólicamente hablando) al trasladarlo al lugar desde el que trabaja.

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