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Truman Capote: el escritor que empatizó con los asesinos

Consiguió escribir A sangre fría, su mejor obra, pero el precio que pagó fue demasiado alto.
El proceso de creación de A sangre fría duró años, pero ese fue el menor de los costes. | En la imagen: Truman Capote.

 

En cuanto a escritores famosos del siglo XX, se nos vienen a la cabeza muchos nombres; pero hay uno que tuvo una gran repercusión hacia la segunda mitad del siglo pasado: Truman Capote. Se trata de un novelista estadounidense que fue autor de títulos como Desayuno en Tiffany’s (1958) y de diferentes cuentos y obras de teatro; así como redactor de artículos para la revista The New Yorker.

Truman Capote fue una celebridad en sus días: allá donde se reuniera la alta sociedad neoyorquina, allí estaba él. Su peculiar apariencia, junto con su ácido sentido del humor, le convertían en un personaje muy querido y admirado.

Ya en su juventud comenzó a escribir y poco a poco se granjeó su merecida fama de gran narrador. Todo el que tuvo la oportunidad de codearse con Capote, destaca la fascinación con la que el escritor escuchaba atentamente cuando alguien hablaba con él, junto con su cercanía a la hora de tratar a las personas.

No obstante, hubo un hecho que le dejó un poso de tristeza en su alma; y que le sumió en la depresión, el abuso de alcohol y las drogas. Cuando ocurrió el crimen de la familia Clutter, en el pueblo de Holcomb (estado de Kansas) y Truman Capote se propuso escribir A sangre fría, una ambicioso libro sobre los sucesos, no sabía que iba a ser su gran éxito literario… Pero a un gran coste personal.

Vamos a desgranar cómo fueron los acontecimientos que ocurrieron y cómo fue el proceso de escritura de esta novela-reportaje que se dice es el mejor título de Capote.

El antes: asesinato en casa de los Clutter

La mañana del 15 de noviembre de 1959, Laura Kinney, una amiga de Nancy (la primogénita de la familia Clutter) fue a buscar a su compañera a casa. En la planta baja no había signos del típico ajetreo mañanero, así que subió las escaleras. Cuál fue su sorpresa al encontrar muertos a su amiga, su hermano y a los padres: todos habían sido disparados a la cabeza.

Los cuerpos de Nancy y su hermano Kenyon estaban en sus respectivas camas, recostados sobre un lado y mirando a la pared; mientras que el del patriarca Herbert estaba en el sótano, maniatado y tumbado encima de una aplanada caja de cartón. Le habían rajado la garganta y disparado a la cabeza.

A Bonnye, también la hallaron maniatada, esta vez con las manos hacia delante en posición de rezo, con un nudo que le bajaba hasta los tobillos y se amarraba a uno de los estribos de la cama. El camisón blanco estaba ensagrentado, ya que le habían descerrajado un tiro a quemarropa en la sien.

Los Clutter eran una familia muy conocida en Holcomb y con buena fama. Eran fieles metodistas que no faltaban ni un domingo a misa y se habían ganado su buena reputación en el pueblo. Sin embargo, fueron las víctimas de un brutal asesinato que al principio no dejó pistas sobre quién estaba detrás de todo.

Llega Truman Capote

Pocos días después de enterarse de la noticia, Truman Capote se trasladó a Holcomb, decidido a escribir un artículo sobre lo ocurrido, acompañado de la también escritora y amiga personal, Harper Lee.

Al principio, su llegada no fue bien recibida entre los locales ni en el cuerpo de policía, que se mantenían recelosos ante su propósito. Por lo visto no les parecía bien que ningún extraño de ciudad metiese las narices en los asuntos de su comunidad; y menos para escribir sobre algo tan horrendo. Holcomb, el pequeño pueblo donde nunca ocurría nada y que nadie sabía en un mapa, de repente era el centro de la noticia.

Gracias a su don de gentes y aplomo, Capote se hizo un hueco en la localidad y se ganó la simpatía del inspector encargado del caso Clutter: Al Dewey; y su esposa, Marie Louise.

Durante la estancia de Truman Capote en Holcomb, cuando el caso parecía que no se cerraría, llegaron las noticias: habían detenido a los sospechosos.

Los detenidos

En Las Vegas fueron interceptados por la policía, el 30 de diciembre de 1959, Perry Smith y Richard Dick Hickock, después de una incansable búsqueda. Estos dos criminales de poca monta, que hasta el momento sólo habían perpetrado pequeños delitos, se conocieron en prisión tras una condena por delitos menores.

Perry Smith

Perry Smith provenía de una familia desestructurada en la que había un historial de maltratos de su padre hacia su madre y abuso de alcohol. Tras fugarse con él y sus hermanos, su madre falleció cuando él contaba trece años. Smith comenzó una errática vida, incluida su entrada en una banda callejera sin escrúpulos, hasta dar con sus huesos en la cárcel

Richard “Dick” Hickock

Dick Hickock, por su parte, había sido un estudiante correcto de una familia de clase media y gran aficionado al deporte. Después de casarse y divorciarse, su vida comenzó a torcerse cuando tomó la senda del delito, cometiendo estafas y fraudes a pequeña escala que le llevarían a prisión.

Capote conoce a los asesinos

Antes incluso de ser declarados culpables por el asesinato de los Clutter y condenados a muerte, Truman Capote tuvo un primer contacto con Smith y Hickock en el calabozo.

Luego de su ingreso en prisión, las visitas del escritor fueron en aumento, ya que con todo el material que iba recogiendo (fruto del vínculo que poco a poco se iba formando, especialmente con Perry Smith), Capote decidió que no iba a escribir una simple columna para el New Yorker, sino que lo iba a transformar en libro.

Durante cinco largos y penosos años de idas y venidas a la cárcel del estado de Kansas, el proceso de escritura del libro (que no tuvo nombre hasta casi el final) se fue eternizando. Cuanto más se demoraba en llegar la orden de ejecución de los dos convictos, más deprisa debía escribir Capote. Sin embargo, su avance se vio bloqueado, pues aunque lo tenía todo hilado, aún faltaba por conocer los detalles de la noche del crimen para poder finiquitar la novela.

Finalmente, poco después de recibir la fecha de la ejecución, Smith le contó todo acerca de los asesinatos de la familia Clutter. A pesar de que en el juicio parecía haber quedado claro que Smith fue quien degolló y disparó a los dos hombres y Hickock se encargó de las dos mujeres; ahora Perry Smith se atribuía las cuatro muertes. Sin embargo, como así se había recogido ante el tribunal, ambos eran culpables y a ambos les esperaba la horca.

Según explicó Smith, Dick Hickock recibió un soplo de su antiguo compañero de celda, diciéndole que conocía a una acaudalada familia de Kansas para la que había trabajado y que tenía en su poder una caja fuerte. No obstante, cuando llegaron a la casa y descubrieron que era falso, tomaron la decisión precipitada de no dejar testigos. Al fin y al cabo, los Clutter les habían visto las caras y escuchado sus nombres. Lo más triste de todo fue que no se llevaron más de 40 dólares de botín.

El 14 de abril de 1965, Dick Hickock y Perry Smith eran ejecutados, lo que para Truman Capote supuso tanto un alivio como un desconsuelo, pues había trabado buenas relaciones con los dos, aunque siempre se ha considerado que más con Perry Smith.

Publicación de “A sangre fría”

No fue hasta 1966 que A sangre fría vio la luz. El arduo camino de su escritura había llegado a su fin. El éxito fue rotundo, la comunidad literaria y la crítica alabaron el estilo novedoso con el que estaba narrado.

A sangre fría inauguró un nuevo género llamado "novela testimonio" o de "no ficción", consistente en la combinación del estilo de escritura tradicional con el testimonio ofrecido por el escritor, que se sitúa como narrador omnipresente y que aporta datos que sólo él conoce, fruto del exhaustivo trabajo de investigación que Capote realizó.

El después: la decadencia de Truman Capote

Con la publicación de A sangre fría, Truman Capote tocó el cielo a nivel literario. A pesar de todo, los casi seis años que le llevó redactar la historia del asesinato de la familia Clutter, sumado a la amistad que trabó con Perry Smith, le pasaron factura.

Después de todo este calvario, Capote se sumió en una fuerte depresión de la que no se volvería a recuperar, llevándole a aumentar su consumo de alcohol y estupefacientes, a los que tenía cierta afición. El genial escritor nos dejaba el 25 de agosto de 1984 a la edad de 60 años.

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