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Lobotomía: qué es y sus terribles consecuencias

En 1935 Edgar Moniz desarrolló una de las prácticas más horrendas que se recuerdan en el campo de la neurocirugía: la lobotomía.
La lobotomía, una de las prácticas más nocivas en la neurocirugía. | Imagen de: Pxhere.

 

En plena ebullición de la psicología y el optimismo de los avances científicos en el siglo XX, un médico portugués, Antonio Edgar Moniz, creyó haber encontrado el remedio definitivo contra los trastornos psiquiátricos: la lobotomía. Nada extraño, si no fuera porque esta técnica consistía en la trepanación del cráneo hasta el cerebro.

Sin embargo, lo que hoy nos parece una auténtica salvajada adquirió, en los años 50, una enorme popularidad, y su creador recibió el Premio Nobel de Medicina. Pero, ¿en qué consistía la lobotomía y qué consecuencias tenía?

¿Qué es una lobotomía?

La lobotomía es una práctica quirúrgica en el campo de la neurociencia que consiste en la perforación del cráneo en dos puntos con el objeto de llegar al cerebro y seccionar algunas partes del lóbulo frontal. Esta técnica revolucionaria, surgida en los años treinta del siglo pasado, que pretendía resolver algunas patologías psiquiátricas.

La perforación transorbital se desarrolló con rapidez y pronto surgieron varios tipos de lobotomía: se podía intervenir el lóbulo temporal (esta era la más frecuente), pero también el parietal, el frontal o el prefrontal.

Más tarde la técnica adquirió procedimientos aún más macabros, con la utilización de un picahielos que perforaba el cráneo a través del lagrimal mediante golpes aplicados con un mazo de caucho. Esta práctica horrenda cosechó más fracasos que éxitos y empezó a quedar en desuso a partir de los años sesenta.

Origen de la lobotomía

En plena efervescencia de los avances médicos, el neurocirujano Edgar Moniz creyó haber encontrado el remedio contra los trastornos mentales: si conseguía romper la conexión entre el lóbulo frontal y otras partes del cerebro disminuiría la actividad neuronal y mermaría las funciones psicológicas.

1935: La leucotomía

Moniz pretendía, literalmente, destrozar la parte del cerebro que generaba actividad neuronal de modo que el paciente se viera liberado de los síntomas de su alteración. Con ello se preveía atenuar los efectos de la depresión, la esquizofrenia, los ataques de pánico, los trastornos maníacos, etc.

En 1935 practicó la primera leucotomía: leuko significa blanco y tome corte, puesto que se pretendía cortar la llamada “materia blanca” del cerebro. El método era tan brutal que un 6% de sus pacientes no sobrevivieron a la operación. Pero Moniz aseguraba que en el resto de pacientes había tenido un éxito rotundo.

Así que la perforación transorbital empezó a cosechar popularidad: ¿Acabar con los trastornos psiquiátricos con una operación? Mucha gente estaba dispuesta a correr los riesgos que fuera para curarse.

Hay que tener en cuenta que por entonces no existían psicofármacos y muchos problemas psiquiátricos no tenían solución. De hecho, las otras innovaciones en ese campo incluían inducciones al sueño con barbitúricos o el contagio consciente con malaria, lo cual resultaba mucho más arriesgado.

La lobotomía de Walter Freeman

Donde más éxito tuvo la leucotomía de Moniz fue en Estados Unidos, donde Walter Freeman la extendió con el nombre de lobotomía (corte del lóbulo).

Parece mentira que las prácticas de Freeman obtuvieran tanto fervor entre la gente, teniendo en cuento lo macabro que resultaba: adormecía a sus pacientes mediante descargas eléctricas y luego atravesaba el hueso de la órbita ocular con un picador de hielo que movía a derecha e izquierda para seccionar el lóbulo.

Las autoridades médicas acogieron con entusiasmo el método de Freeman. Se aseguraba que la mayoría de los pacientes, hasta entonces condenados a quedar amontonados en manicomios abarrotados, ahora veían reducida la ansiedad y los impulsos violentos.

Freeman, practicando una lobotomía a un paciente. | Imagen de: independent.co

 

Se calcula que más de 2.000 personas se sometieron a la “lobotomía del picahielo” del doctor Freeman, que se desplazaba con su furgoneta a lo largo y ancho del país para practicar su terapia. Cuando esta se normalizó y empezó a extender, se llegaron a lobotomizar alrededor de 50.000 pacientes.

Sin embargo, a mediados de los años cincuenta se empezaron a comercializar los primeros psicofármacos. Esto coincidió con la sonada muerte de un paciente de Freeman a causa de una hemorragia, por lo que los enfermos empezaron a preferir las terapias menos agresivas a base de pastillas.

Poco a poco, la lobotomía fue desapareciendo y en los años sesenta muchos países prohibieron su práctica.

Consecuencias de la lobotomía

Los defensores de tales prácticas aseguraban que la lobotomía no suponía ningún riesgo para el paciente, pues el punzón no llegaba hasta partes vitales del cerebro. Además, se aceptaba que los enfermos perdían parte de sus capacidades intelectuales, pero se asumía como una contrapartida inevitable, como un mal necesario.

Y ahí radicaba el problema del asunto. Hasta entonces en la medicina predominaba el principio de primum non nocere (primero no dañar), pero la lobotomía introdujo el concepto de “hacer lo que haga falta”. Y así, se empezaron a normalizar algunos riesgos que acabaron en tragedia.

Sin embargo, muchos pacientes no sobrevivían a la carnicería y morían desangrados o bien sus facultades mentales sufrían una degeneración crónica.

5 ejemplos reales

En 1949 Egdar Moniz recibió el Premio Nobel de Medicina, pero mucho antes, en 1938, había recibido ocho tiros de un paciente suyo que aseguraba no haber recibido la terapia adecuada. Quedó paralítico el resto de su vida.

Y no fue el único. Tanto es así que, aunque la comunidad científica sigue reconociendo el papel de este médico y echando las culpas a Freeman, aún hoy familiares de víctimas de la lobotomía exigen que retire el galardón a Moniz. Estos son algunos de los casos más célebres de pacientes lobotomizados:

1. Evita Perón

Cuando la lobotomía era una técnica quirúrgica popular, se empezó a utilizar para todo, incluso la reducción del dolor. En 1951 se diagnosticó a la Primera Dama argentina Eva Perón un cáncer de útero que la acabó matando un año después.

Eva Perón pudo haber sido sometida a una lobotomía. | Imagen de: A&E Biography.

 

Su popularidad hizo que todo se llevara con mucho secretismo, pero muchos años después el médico húngaro George Udvarhelyi aseguró que los dolores que sufría eran tan enormes que se decidió practicar una lobotomía prefrontal con fines paliativos. Evita se encontraba en estado terminal, y ni siquiera fue informada de la operación.

Eso no consta en el historial médico de la fallecida, y algunos miembros de su equipo médico mantienen que es falso puesto que por entonces ya existía la morfina. Se mantiene así la incertidumbre que se podría resolver solo con la exhumación del cadáver.

2. Rosemary Kennedy

La hermana del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy era una chica rara de la que muchos sospechaban que sufría un leve retraso mental, mientras otros se inclinaban por una mente depresiva. Con todo, la anomalía conseguía pasar desapercibida y se solía presentar a la muchacha en actos de la alta sociedad sin ningún reparo.

Sin embargo, al entrar en la edad adulta empezó a tener una conducta impulsiva que hacía temer a los Kennedy un escándalo que pudiera salpicar al papel político de su hermano. En 1943, a los 21 años, convencieron a su padre para realizarle una lobotomía con el fin de controlar sus altibajos emocionales y mitigar la agresividad.

El resultado fue una operación a cargo del profesor James Watt, que aseguró haberlo hecho una incisión mientras estaba levemente anestesiada. Mientras, Freeman interrogaba a Rosemary y cuando esta empezó a perder coherencia, dejaron de cortar.

La hermana de Kennedy no se recuperó, sino que quedó aún más aturdida de lo que ya era y sufrió de incontinencia urinaria crónica. Vivió hasta los 86 años internada en un centro.

3. Howard Dully y Josef Hassid

Uno de los casos anónimos que más trascendido es el de Howard Dully, gracias al libro “Mi lobotomía”. Cuando tenía 12 años fue diagnosticado de esquizofrenia por Freeman, quien después de consultar a la familia procedió a la macabra operación. Testigo de ello es una fotografía en la que se ve al niño ante el punzón de Freeman.

En su libro asegura que no recuerda el momento de la operación, pero que esta le produjo consecuencias psicológicas de la que nunca se ha recuperado. Su vida avanzó torpemente entre la incomodidad de las instituciones psiquiátricas y el drama de la mendicidad, pues acabó como un mendigo en la calle.

Otro caso es el del violinista polaco Josef Hassid, un niño prodigio de la música marcado por la tragedia: a los 18 años se le diagnosticó una esquizofrenia y a los 23 años se le practicó una lobotomía. Su enfermedad no solo no mejoró, sino que tras aquello fue internado en varios manicomios hasta que murió a los 26.

4. Los soldados de la segunda guerra mundial

Uno de los fenómenos de la sociedad americana tras la segunda guerra mundial fue la difícil reinserción de los soldados. Los jóvenes que habían combatido en el frente volvieron a sus hogares con evidentes desequilibrios psiquiátricos como trastornos del sueño, depresión con ansiedad y alteraciones maníacas.

Pero por entonces no estaba extendida aún en Estados Unidos una red sanitaria que permitiera al estado atender a estos enfermos, así que se decidió intervenir a unos 2.000 soldados con lobotomía. Algunos fueron obligados a operarse, y muchos otros sufrieron secuelas el resto de su vida.

5. El psiquiátrico de Denbigh

Uno de los escenarios que mejor representa el horror que supuso la lobotomía es el hospital psiquiátrico de Denbigh, en Gales. Allí se amontonaban los enfermos mentales e incluso se utilizaban algunas habitaciones a modo de prisión, para los pacientes que trataban de escapar.

En ese museo de los horrores entre 1942 y 1944 más de 20 pacientes fueron operados con el método de Freeman, hasta que uno de ellos murió durante la intervención. A mediados de los sesenta las autoridades aprobaron el cierre de tan escabrosa institución, pero atrás quedó un halo fantasmagórico que le acompaña aún hoy.

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