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Rasputín: quién fue este oscuro personaje

Os desvelamos quién fue Rasputín, así como los mitos y verdades de uno de los personajes más oscuros de la historia de Rusia.
Os desvelamos quién era Rasputín y cómo influyó en la Rusia zarista. | Imagen de: Flickr.

 

Rasputín sigue siendo uno de los personajes más enigmáticos de la historia. Algunos lo conocen como el hechicero milagroso de la familia real rusa antes de su hecatombe, otros como un intrigante en la corte del zar, y otros por mitos como el enorme tamaño de su pene.

Más allá de algunas leyendas en torno a su persona y el oscurantismo que rodeaba su figura, es indudable la influencia que este ejercía en la figura de la zarina, y de ahí su importancia en los estertores del zarismo en la Rusia prerrevolucionaria.

¿Quién fue Rasputín? ¿Qué impacto real tuvo en los acontecimientos que acabaron con la revolución rusa? ¿Qué hay de verdad y qué hay de mito en su leyenda? 

¿Quién fue Rasputín?

Grigori Yefimovich Rasputín fue a la vez causa y consecuencia de una época clave en la historia de Rusia: la decadencia y el fin del zarismo después de más de tres siglos de poder absoluto. Su vida, marcada por un turbio halo místico cuya realidad se confunde con la leyenda y el mito, coincide con la etapa más freak de la monarquía rusa.

Dicen los mejores cronistas rusos de la época que mientras el antaño poderoso imperio ruso se desmoronaba entre las revueltas sociales y las derrotas militares, el absorto zar Nicolás II, con una más que corroborada limitación intelectual, se encerró en una burbuja de fantasía y frivolidad que le impidió manejar la situación.

En ese contexto y mientras la corte rusa entraba en una imparable decadencia, irrumpió un personaje enigmático cuya influencia iba a ser, en muchos casos, decisiva. Mujeriego, hechicero, conspirador, borracho, con una fortaleza física inhumana y un pene gigante, Rasputín representaba la Rusia mística y oscura.

Nació en una región de la Siberia occidental en el seno de una familia campesina, y mostró una gran capacidad de atracción desde bien joven. Poco se sabe de esos años, más que ayudaba a su padre en las tareas del campo y empezaba a mostrar afición por la bebida.

En 1892 abandonó a su esposa y a sus hijos para empezar una vida monacal en un monasterio, tras lo cual ingresó en la secta de los flagelantes, condenada por la Iglesia ortodoxa rusa. En esos años participó en todo tipo de orgías y prácticas rituales que le convertirían en el ser inmoral y depravado que le atribuye la leyenda.

En unos momentos en los que el zar Nicolás II se rodeaba de místicos y curanderos, llegó a su corte este personaje que fascinaba por su fortaleza física y su aspecto: con una melena larga, una mirada profunda y perturbadora, y un verbo fácil con el imán de un predicador, se metió rápidamente a la familia real en el bolsillo.  

Mitos y verdades de Rasputín

La personalidad avasalladora de Rasputín le empieza a consolidar como el personaje más influyente de la corte real cuando en 1905 consigue cortar la hemorragia del hijo hemofílico de los zares, Alekséi. Y ahí se empieza a forjar también su mito. 

1. Hechicero y pecador: “El monje loco”

Rasputín era un ser despreciable cuya personalidad estaba marcada por el analfabetismo y una inclinación a la violencia, el sexo y el alcohol. De joven empezó a revelar algunas visiones que relataba con sorprendente soltura, y a hipnotizar a los demás con una mirada demoníaca y aterradora.

Pero ese carácter moralmente depravado y su personalidad arrolladora le hacían irresistiblemente atractivo para legiones de peregrinos que acudían a él y le seguían. Pronto sus creencias religiosas se mezclaron con magia, adivinación y curación milagrosa, en una Rusia aún gobernada por la ignorancia y el misticismo oscurantista.

Al entrar en la secta de los flagelantes empezó a convencerse de que la salvación personal pasa por el dolor, pero metabolizó estas ideas en una interpretación personal muy particular: Rasputín empezó a predicar que para superar el mal había que saciarse de él.

Y por lo tanto, para expiar el pecado, decía, había que pecar con la carne. Su casa se convirtió en un nido de orgías y desenfreno en la que empezaron a participar las familias pudientes más respetadas de la aristocracia rusa.

Y cuando llegó a la corte de los zares y sanó al joven príncipe Alekséi, la zarina Alejandra, que ya había entrado en una espiral de decadencia a la sombra de su marido demente, cayó presa de la enigmática fascinación del que apodaban como “El monje loco”.

Desmontamos algunos mitos sobre la figura de Rasputín. | Imagen de: Wikimedia Commons.

 

Mientras Rasputín quemaba las noches de escándalo en escándalo por las tabernas más inmundas de San Petersburgo, en la corte se ganaba el favor de la zarina influyendo en algunas de las más trascendentales decisiones políticas del momento.

Se rumoreaba incluso que Rasputín se metía en la cama con la zarina mientras el zar estaba en el frente de guerra, extremo que los historiadores descartan. Pero el fervor que la zarina está corroborado en las cartas que esta mandaba a su marido, y que a menudo citaba a Rasputín como “Nuestro amigo”.

El halo de misticismo mesiánico que Rasputín había conseguido transmitir se resume en esa misiva en la que la zarina dice a su marido: “Antes del consejo de ministros no olvides tomar en tus manos el pequeño icono donado por Nuestro Amigo y peinarte varias veces con su peine”.

Durante esos años las crónicas reportan todo tipo de hechizos, curaciones milagrosas, exorcismos, magia negra, adivinaciones e hipnotizaciones a cargo de Rasputín para los zares y para las principales familias aristocráticas del país.

2. El papel político de Rasputín

Pero su trascendencia fue más allá de sus habilidades mágicas. El brujo era también un personaje astuto e inteligente, a pesar de su poca formación.

En un momento dado, la zarina (y su marido, por influencia de esta) creía que Rasputín era un Santo y que la salvación de la nación rusa estaba en manos de este curandero. Que de la misma forma que había sanado al pequeño Alekséi, curaría a la enferma Rusia.

En el período de la primera Guerra Mundial, muchas de las decisiones que se tomaron en el Consejo de Ministros llevaban el sello de este lunático.

Muchos de los ministros que ponía y cesaba el zar eran propuestos por Rasputín. Por ejemplo, el ministro de Interior Aleksander D. Protopopov había sido impuesto por la zarina a petición de Rasputín, que evitó su cese convenciendo al zar de que había que mantenerlo en su poder porque las cosas irían mejor.

En 1916 la zarina envía una carta al zar: “Nicky, debemos hacer caso de lo que dice Nuestro Amigo”. Es un ruego para que Nicolás II otorgue al protegido de Rasputín, Stürmer, la presidencia del Consejo de Ministros. Ese mismo año Protopopov y Stürmer participan en sesiones de espiritismo en casa de Rasputín.

En esos momentos, las decisiones de Rasputín habían llevado a un colapso militar que había derivado en una gravísima crisis económica. Y el pueblo, hambriento y viendo como los rusos morían en el frente en vano, culpan a los zares de haber cedido los destinos de la nación a un curandero loco que había hechizado a la mismísima zarina.

Eso explica el factor decisivo que muchos historiadores otorgan a la figura de Rasputín, que además de manejar los hilos de la política en la fase de decadencia de la monarquía, urdió numerosas intrigas palaciegas en las que se vieron inmersas las familias nobles más ancestrales de Rusia.

3. El pene de Rasputín

En el Museo Erótico de San Peterburgo el visitante se encuentra en sus vitrinas con una auténtica joya: el pene de Rasputín en un vaso con formol. Según dicen, una criada encontró el pene cortado junto al cadáver de Rasputín y lo guardó.

Ya en su momento se decía que el pene de Rasputín medía 30 centímetros, lo cual coincide con el monstruoso miembro expuesto en el mencionado museo. Ahora la duda está en saber si lo que realmente vemos tras esas vitrinas son realmente los genitales del hechicero.

Al parecer, tras algunos años en posesión de unos extraños, la hija de Rasputín reclamó que lo devolvieron a la familia y lo tuvo hasta su muerte, momento en el que lo adquirió una tal Augustine, quien lo vendió a una casa de subastas. De algún modo, el pene se perdió hasta que en 1994 el museo dijo haberlo encontrado.

Y aunque el director del museo dio al hallazgo una apariencia científica, es poco probable que después de tantos años el verdadero miembro de Rasputín acabara en manos del museo. Todo parece, más bien, una operación de puro marketing.

Sea cual sea la verdad, muchos siguen conociendo a Rasputín por la historia de su pene, y es indudable que ese mito sobre su vida le confirió aún más atracción. Se relaciona así el tamaño del pene con su gran virilidad, y el hecho que según las crónicas decenas de damas de la aristocracia rusa hubieran pasado por la cama del hechicero. 

La misteriosa muerte de Rasputín

Un ser tan depravado, tan demoníaco y tan fuerte como lo era Rasputín, tenía que ser también inmortal. Así que se forjó en torno a su figura la leyenda de su muerte y una curiosa inmunidad al cianuro.

El 30 de diciembre de 1916 el monje loco visitó el palacio del príncipe Yusupov y dos días después su cadáver apareció congelado en el río. Todavía hoy se desconoce que pasó en esas 48 horas, pero como todo en su vida el misterio ha dado pie a la leyenda.

El mismo Yusupov relata lo que aconteció en sus memorias, aunque algunos dudan de su fiabilidad por el estilo jocoso e infantil de las mismas. Según este aristócrata, le ofrecieron un pequeño banquete que concluía con pasteles envenenados con cianuro. Pero mientras el príncipe aguardaba su muerte, el monje seguía engullendo con grandes carcajadas.

Después de vaciar todo el cianuro restante en su vino, Rasputín parecía más vivo que al principio, así que decidieron dispararle al corazón. Al acercarse a su cuerpo, Rasputín abre sus ojos y se abalanza contra el príncipe iniciando una lucha cuerpo a cuerpo. Finalmente recibe cuatro balazos, lo envuelven con telas y lo lanzan al río.

Los expertos consideran poco plausible que un ser humano resista a semejante dosis de cianuro y un balazo en el corazón, y encima dispute un combate cuerpo a cuerpo. Parece más indicado pensar que quien preparó la dosis de cianuro utilizó material de mala calidad o no calibró bien las cantidades. Y que lo demás es pura literatura del príncipe.

Pero la realidad es que Rasputín murió como había vivido: a manos de la intriga y la conspiración, en un abyecto crimen en medio del alcohol y la violencia, en la neblina de la noche y las congeladas aguas del río cuyo silencio se llevó en secreto y para siempre la verdad de una muerte tras un vida llena de misterio y mentira.

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